Edición del día Viernes 01 de Julio de 2.011

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CIUDAD BOLÍVAR, ESTADO BOLÍVAR, VENEZUELA

Mami yo quiero ser un Pran

Luis M. García P.
Intopress
Caracas, junio 30.- La explosión reciente de la crisis carcelaria nacional, con todas sus abominables aristas, ha puesto de manifiesto ante el país un conjunto de complejas situaciones que, aunque no eran secretas, pasaban por debajo de la mesa ante una sociedad que se tornaba indiferente, entre otras cosas por el cuantioso cúmulo de problemas y crisis por las cuales atravesamos los venezolanos.
La crisis de los penales nacionales viene mostrando sus síntomas alarmantes desde hace muchos años, al punto de que aún se recuerda la horrible masacre ocurrida en los años 90 en el retén de Catia, al cual pidió ir el Papa Juan Pablo II en su segunda y última visita al país y por lo cual el gobierno de entonces, presidido por Rafael Caldera, decidió implosionar ese recinto, que se había convertido en emblema de la ignominia carcelaria. Con ello, se pretendió significar el posible cambio de rumbo de la política penitenciaria en el país, cambio que, sin embargo, no llegó nunca.
Por el contrario, a pesar de los reiterados anuncios durante el presente gobierno de “humanización carcelaria” y del inútil maquillaje eufemístico que cambió el nombre de los presos por el “privados de libertad”, la vida intracarcerlaria ha venido haciéndose más difícil, más riesgosa, más cara… en síntesis, más insoportable.
La Planta, Tocuyito, Tocorón, Uribana, Vista Hermosa, Puente Ayala, Santa Ana, Yare I, II y III y por supuesto El Rodeo I y II son puntos que hemos aprendido a localizar en el sangriento mapa del crimen, del motín carcelario y de las ejecuciones extrajudiciales sin responsables a la vista, del cobro por el derecho a la vida y de la indiferencia cómplice de las más altas autoridades del Estado.
Una de las sorpresas que ha vivido la opinión pública durante la última crisis en curso ha sido la aparición de un arsenal de armas de todo calibre que bien podrían estar batiéndose contra la guerrilla en la frontera, o los paramilitares, o contra el hampa que pulula por todas partes. Pero no. Esos rifles, fusiles de asalto, ametralladoras, pistolas de alta potencia, granadas y un completo parque de proyectiles estaba en El Rodeo I amén de una cuantiosa cantidad de droga. Todavía falta saber qué armamento hay en El Rodeo II, que, a juzgar por lo que se ha dicho y por la resistencia habida, pudiera incluir fusil-ametralladora punto 50, entre otras joyas.
La opinión pública desprevenida ha visto descorrerse ante sus ojos un sub-mundo intracarcelario donde toda presencia del Estado es nula y donde existe una institucionalidad sui géneris con una división del trabajo también muy particular y unos niveles de organización que les han permitido controlar los penales e imponer un ritmo de vida distinto al que podríamos imaginarnos.
Cual colmena de abejas, la cárcel tiene su reina: el Pran, jefe máximo de cada cárcel o de cada sector de ella (de allí los enfrentamientos entre áreas y sectores de los penales). Este Pran tiene un séquito de zánganos, es decir, los segundos y cobradores, quienes hacen el trabajo sucio de cobrar: en efectivo, en “especies” o en vidas, a aquellos que no se “bajan de la mula”.
El Pran dispone, acumula, ordena y negocia con los “directores” de las cárceles el modus vivendi en cada establecimiento penitenciario. Él mismo decide el precio de cada arancel a cobrar. La visita, los traslados, la ubicación para dormir y hasta el acceso a los artículos de aseo pagan un impuesto al Pran a cambio de “protección”. Si no pagas eres enemigo y puedes salir mucho antes de la cárcel; dentro de un cajón.
A raíz de esta crisis, algunos medios privados que por su línea editorial parecieran estatales, han dado gran despliegue a la presencia de estos monarcas carcelarios, atribuyéndoles un protagonismo que destaca su poder, su control y su liderazgo. En otras palabras, no sé si conciente o inconcientemente, estos medios han hecho una suerte de apología del delincuente, proponiéndolos casi como hombres arrojados, de éxito y casi como modelos a seguir. Esto ante un público modesto en educación y recursos económicos, carente de modelos positivos y necesitado de protección que no les garantiza el Estado.
Quien como yo conoce desde dentro la vida en los sectores marginales, sabe que en estos sitios, salvo excepciones, que siempre las hay, las jóvenes más atractivas tiene como pareja a los malandros del barrio, a quienes armados hasta los dientes las protegen y pueden cobrar hasta con la vida a aquel que tenga la osadía de molestarlas y hasta cortejarlas.
A finales de los años 70, un joven delincuente al que apodaron “El Puy” obtuvo una relativa celebridad por la cantidad de delitos violentos que cometía y por la habilidad que mostraba para evadir a las autoridades. En ese sector de Caracas todos temían a “El Puy”. Sin embargo, en un colegio de la zona me sorprendió escuchar discutir a varios niños en el recreo cuando decían: “Yo soy “El Puy” y a otro: “no, El Puy soy yo”, cual si jugaran a ser Supermán, Baatman u otro héroe de comiquitas.
He recordado este episodio que me marcó porque imagino a los niños de hoy, en esa misma escuela de cerro, de barrio, de pobreza atroz en sus juegos infantiles: “Yo soy el Pran”, y la respuesta: “No, el Pran soy yo” y así, estos antihéroes, insuflados por la irresponsabilidad o la idea de desviar la atención de lo esencial, modelan la conducta y los juegos de unos niños que siguen creciendo excluídos, sin atención y sin ley, con la sola esperanza de una potente arma de fuego que los convierta en los “pranes” del barrio.
¡Que Dios nos agarre confesados!

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