Edición del día Lunes 09 de Marzo del 2.009

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CIUDAD BOLÍVAR, ESTADO BOLÍVAR, VENEZUELA

Juicio a pilotos en 1959 reveló esencia castrista

BY GUILLERMO A. ESTEVEZ Y JUAN CLARK ESPECIAL PARA EL NUEVO HERALD.- El 8 de marzo se cumplen 50 años de un temprano y trascendental episodio que involucró el juicio e injusto encarcelamiento de pilotos de la Fuerza Aérea Cubana (FAC).
Dicho juicio marcó de modo significativo la naturaleza arbitraria del nuevo sistema castrista recién comenzado. En adición, este ‘’proceso judicial’’ también dejó ver la naturaleza hipócrita y vengativa de Fidel Castro. Pero a la vez, evidenció el valor y la dignidad de los hombres del tribunal y de la defensa que actuaron de modo honesto y valiente, creyendo que la revolución verdaderamente buscaba la justicia. Su error de percepción les costó muy caro.
El 4 de enero de 1959 Castro se reúne en Camagey con pilotos de la FAC y les dice que no tienen problemas y que podrían quedarse en la nueva fuerza aérea o ir a la Compañía Cubana de Aviación. Para gran sorpresa, a las pocas semanas 19 pilotos más artilleros y mecánicos fuimos detenidos y enjuiciados por diversos cargos conectados con la participación en la guerra ya terminada.
El Tribunal Revolucionario nombrado por el propio Castro estaba compuesto por hombres de conducta intachable como el comandante Félix Lutgerio Pena, ex dirigente de la Juventud Católica, como presidente, junto con el comandante aviador Antonio Michel Yabor y el primer teniente Adalberto Parúas Toll.
El juicio, celebrado en Santiago de Cuba, duró alrededor de un mes. El fiscal no le entregó a los abogados defensores el sumario antes del juicio. A pesar de esa ilegalidad, la labor de la defensa fue brillante. Tras una muy seria deliberación, el veredicto de absolución de todos los cargos formulados fue unánime.
Sin embargo, en vez de ser puestos en libertad como ordenó el tribunal, los encausados fuimos mantenidos en la sala del juicio, rodeados de un buen número de militares, ya que el jefe de la escolta recibió órdenes de no dejarnos ir.
Poco después fuimos montados en un camión con escolta militar y llevados a la Prisión de Boniato en Santiago de Cuba. El valiente padre jesuita cubano, Francisco Guzmán, bien conocido y respetado en esa ciudad, montó en el camión con nosotros. Al llegar a la prisión fuimos llevados al Pabellón 5A, lleno de basura, excremento humano y ratones. Tampoco habían camas ni facilidades higiénicas.
Esa misma noche de la absolución, el 2 de marzo, Castro fue ante la prensa escrita, radial y televisada, anulando con su sola palabra la sentencia absolutoria, ­una verdadera monstruosidad jurídica!
Afirmó que los aviadores eran enemigos potenciales de la Revolución y que ésta no podía darse el lujo de absolverlos y dejarlos en libertad. Nombró un nuevo Tribunal Superior compuesto por cinco comandantes de su círculo íntimo y el ministro de Defensa de entonces actuando como fiscal.
Con esa medida se violaba el principio jurídico de que ‘’no caben dos juicios sobre el mismo cargo’’, o que ‘’se prohíbe juzgar la misma cosa dos veces’’, y que “”no hay pena si no existe una ley previa’’.
Castro, como abogado, conocía estos principios básicos, mas rompió y violó el principio de ‘’la santidad de la cosa juzgada’’. Este es el momento que convierte a Castro en la autoridad suprema del país, por encima del Poder Judicial y muestra fuertemente su tiránico modo futuro de gobernar. Esta insólita acción tuvo gran conmoción en Cuba y una inmensa resonancia internacional.
Horas después del arribo a Boniato, tarde en la noche, el director del penal permitió la entrada de una turba — aparentemente militantes del Partido Socialista Popular — armada de palos, cabillas y machetes encaminada hasta el pabellón donde nos encontrábamos. Afortunadamente el padre Guzmán, testigo del juicio y nuestro acompañante hasta el penal, se mantuvo toda la noche cerca de nosotros en el pasillo frente al 5A.
Cuando la turba empezó a vociferar amenazante, en una escena kafkiana, el padre Guzmán se les enfrentó, a gritos, y a veces parado frente a las rejas con los brazos abiertos, y pudo aplacar la situación consiguiendo que se retiraran sin hacernos daño. La intención de la turba era sin dudas lincharnos.
El decoro de los abogados dignos de la época fue salvado por las cartas de enérgica protesta del Colegio Provincial de Abogados de Santiago de Cuba y del Colegio de Abogados de La Habana. En ambos casos dirigidas a Castro y a la opinión pública cubana, siendo publicadas en toda la prensa. Inmediatamente el Colegio Nacional de Abogados, bajo la presidencia del Dr. Enrique Llansó Ordóñez, se solidarizó con ambos colegios.
Por esta acción muchos de esos abogados sufrieron posteriormente la expulsión de sus cátedras de las universidades de Oriente y La Habana. Muchos fueron perseguidos y humillados y algunos fueron presos. Otros tuvieron que abandonarlo todo y escapar al exilio, aunque había entre ellos simpatizantes de la Revolución y declarados revolucionarios.
El 5 de marzo, tres días después del primer juicio, a las 8 p.m., comenzó el segundo. Este fue de carácter sumarísimo, un verdadero espectáculo político-jurídico que terminó a las cuatro de la madrugada. El fiscal en este segundo juicio no pudo presentar nuevos cargos ni evidencias. Los buscó, no los había. Nosotros los aviadores no estuvimos presentes; nos mantuvieron en la cárcel de Boniato.
El fiscal llenó la sala de turbas preparadas que abuchearon, empujaron y hasta expulsaron a los abogados defensores hasta que quedó sólo el Dr. Carlos Peña Jústiz, realizando una valiente y brillante defensa. Al terminar su alegato dijo al Tribunal:
“”Si ustedes condenan a estos muchachos, que ya han sido absueltos, convertirán a Fidel Castro en el Napoleón del Caribe y la Revolución en una tiranía’’.
Mucho le costarían esas palabras al digno abogado santiaguero que había sido colaborador del Movimiento 26 de Julio.
El 8 de marzo, tres días después del segundo juicio, otra vez Castro se presentó ante todos los medios de comunicación para anunciar la sentencia: ‘’Pilotos, 30 años; artilleros, 20 años; mecánicos, 2 años. Todos condenados a trabajo forzado’’, ya abolido en Cuba desde su independencia.
Peña Jústiz y los tres miembros del tribunal del primer juicio que nos absolvió recibieron, en distintas formas aciagas, consecuencias de su histórica y justa actuación. Fueron taimadas y hasta letales represalias por no habernos condenado como les habían ordenado.
Un tiempo después, Peña Jústiz fue arrestado con motivo de una conspiración con gran involucramiento de abogados. Fue llevado a Arroyo Blanco, un centro de detención, tortura y fusilamientos cerca de Guantánamo. Allí fue humillado y torturado de múltiples formas. Le infligieron repetidamente la tortura del agua, metiéndole la cabeza en una poceta hasta casi ahogarlo.
Peor aún, fue llevado al lugar de las ejecuciones, atándolo a uno de los postes de ejecución junto con otros reos. Se daba la orden de ‘’preparen, apunten, fuego’’, el tronar de los fusiles y después el tiro de gracia. Habían fusilado a los otros, pero él quedaba vivo. Luego le decían que “”la próxima sería de verdad’’.
Esa tortura se la hicieron varias veces. El propósito era extraerle una confesión y que delatara a presuntos conspiradores. Nunca podía saber si era de verdad o para torturarlo. El escenario era tan real que hubo veces en que Peña Jústiz se creyó muerto. En el tiempo que estuvo en Arroyo Blanco hubo 39 fusilados.
Estando yo en la Prisión de Isla de Pinos, un día llega una cordillera o fila de nuevos presos que entraban en la Circular No. 1, donde me encontraba. Veo un hombre delgado, demacrado, la sombra de aquel apuesto, rozagante abogado que yo conocí durante el juicio. Era Peña Jústiz, que apenas reconocí. Me contó lo que había pasado. Finalmente lo habían condenado a 20 años de prisión. Para más ensañamiento, al salir del presidio no lo dejaron salir del país.
El presidente del primer tribunal, el comandante rebelde Pena pagó más caro aún por su sentido de honestidad y justicia. Fue hallado muerto de un balazo en el pecho dentro de un automóvil estacionado en el campo de aviación del Campamento de Columbia con posterioridad a una acalorada discusión con los hermanos Castro.
Pude saber por boca del capitán piloto Manuel Iglesias, que otro miembro del mismo tribunal de la absolución, el comandante Michel Yabor había venido esa mañana en su automóvil con su gran amigo Pena. Michel Yabor tenía que recoger algo en su habitación y dejó a Pena en el estacionamiento, dentro del carro y con las llaves puestas.
Al bajar Michel Yabor no encontró su carro. Un soldado le dijo que un par de hombres vestidos de uniforme habían conversado con Pena y éste los montó y fueron en dirección a la gasolinera para los miembros de la Fuerza Aérea Revolucionaria. Michel Yabor se encaminó hacia allí pero no los encontró y le dijeron que no habían visto su carro.
Comenzó a buscarlo y lo encontró en una pequeña calle lateral interna que moría en la cerca del campamento. Al llegar recibió la espantosa sorpresa de ver el cuerpo de su amigo, sangrando del lado izquierdo superior del pecho, muerto. Del otro lado de la cerca había una calle y varias casas. Un vecino que lo conocía se le acercó y le dijo que había sentido un sonido como de un tiro y que había visto a dos militares alejarse del carro. Desde ese momento Michel Yabor comenzó a temer por su vida.
La versión de la familia de Pena, de los otros miembros del tribunal y de los abogados defensores fue que hubo un asesinato, mientras que la oficial fue la del suicidio, y la diseminada por los medios.
En apoyo de la primera versión, según la dirección de la bala desde el lado izquierdo y una lesión de Pena en la mano en dicho lado, el tiro no podía haber venido de la mano de Pena. Más aún, los que lo vieron poco antes afirman que él no se encontraba en modo alguno con actitud o ánimo suicida. Su entierro en Santiago de Cuba fue uno de los más concurridos que haya visto esa ciudad. Significativamente ninguno de los Castro envió ni siquiera un telegrama de pésame a la familia de Pena.
Michel Yabor, al verse amenazado y en peligro, escapó a los Estados Unidos. El primer teniente Parúas Toll pasó años humillado, perseguido y varias veces preso. Le tomó 35 años poder salir de Cuba. Ambos fallecieron en el exilio. Los pilotos cumplimos hasta 20 años de prisión, siendo liberados en 1979 cuando Castro consideró que le era beneficioso a la imagen de la revolución.
Este episodio constituyó un hito muy significativo en el proceso revolucionario, que sirvió para abrir los ojos a muchos. Desafortunadamente este hecho no logró la formación de un frente común de los sectores democráticos ante el terrible huracán totalitario que se aproximaba. Pero el desarrollo de este juicio fue una pequeña muestra de cómo sería ese futuro bajo Castro.
Aún hoy persiste la versión del suicidio de Pena. Muy pocos conocen de la valiente y digna actuación del tribunal y de los abogados defensores, especialmente de Peña Jústiz. Sus palabras finales en la defensa fueron desafortunadamente proféticas. Sin dudas se creó más que un Napoleón del Caribe que, en contraste con el héroe francés, ha perdurado por medio siglo en el poder, hasta con el aplauso de muchos alrededor del mundo, a pesar de su inmenso fracaso interno y su sangriento ingerencismo externo.
Al cabo de 50 años, aparentemente ese Napoleón del Caribe piensa que su ‘’obra maestra’’ podrá perdurar de forma dinástica, con su hermano y heredero, Raúl Castro.

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